Hace unos días la constancia dio paso a la vagancia en mi blog. Algo así como mi vida, aunque yo lo achaco al síndrome postvacacional. Estoy vago, muy vago; he entrado cojeando en el año 2008, año de rimas varias. Pero estoy feliz y hacía tiempo que no lo estaba.
Creo que ahora comprendo un poco más a las mujeres, un pequeño escalón de una gran escalera que no creo que llegue a culminar en mi vida. Algo es algo. He cambiado.
No sé por dónde empezar a poner excusas por las que no contaros mis vacaciones íntegras, porque todo llegaría al mismo puerto: no me apetece. Estoy vago, lo he dicho.
Estuve en Madrid. Todo allí son buenos recuerdos de pocos días, pero intensos. No fue sino confirmar lo que ya sabía, la grandeza de la vida errante a veces te sorprende con personas de las que no abundan, y eso es lo que fui a buscar, a recoger. Y volví triste, la vacía pena del viajero. Pero feliz.
Creo que en parte, el hecho de mi cojera tras el 1 de enero se debe a ese viaje. A veces se me olvida que hay vida más allá de Santander, y vaya vida. De momento, me voy a dar una semana de rehabilitación, para volver con fuerza. Febrero asoma el hocico.


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