Hace cosa de dos semanas tuve la desafortunada fortuna de recibir un balonazo en la mandíbula. Fue una situación de lo más ridícula a la par que dolorosa. El caso es que no hubo fractura, solo luxación, aunque estuve dos días comiendo con pajita (es lo que les digo a las chicas, jeje).
Me citaron para anteayer. Era una consulta inútil, porque sabía desde un principio lo que iba a pasar.
- ¿Te duele?
- No.
- Pues te damos el alta.
- Bien.
Nada más llegar, una sala de espera repleta de gente me hizo venirme abajo. Se oían comentarios contra el sistema por todas partes. Media de edad como siempre, superior a los 50 años, y muchas enfermeras, algunas guapas, otras feas.
Un psicópata con una bolsa de cartón, se sentó a mi lado y, no hacía más que doblar la misma. Estaba buscado el doblado perfecto y no lo conseguía. Se levantó ante la expectación de la gente, para continuar con el doblaje. Todo el mundo lo miraba con cara de 'para de una puta vez'; la mía era más de 'cogía la bolsa y te la metía por el culo'. En fin, el maniático paró y dio paso al segundo personaje de la mañana.
A mi frente, una señora con cara de amargada iba acompañada de su hijo, bien entrado en la treintena. Era el típico chico de infancia complicada, víctima de abusos y que le vestía su madre hasta hace dos o tres años. A todo esto, llevaba zapatos de Velcro, porque nunca aprendió a atarse los cordones.
La cara de la mujer era por algo; era la típica madre protectora, pero tener una consulta a las 10:30 cuando ya eran las 12:55, es una verdadera putada. Yo pensaba que me quedaba a vivir allí después de oír eso. El caso es que sobre las 13:00, llamaron al niño mimado. No estuvo ni 5 minutos dentro, pero de allí salió llorando con una bolsa de hielo a la altura de la mandíbula. Muy triste.
Yo esperé unos cinco minutos más. Si no calqué el diálogo, muy cerca anduve. Mi consulta duró unos treinta segundos, pero aprendí la lección: enseñaré a mis hijos a atarse los cordones.

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