El sábado surgió uno de esos planes alternativos que nos da por hacer muy de vez en cuando. Consistía en hacer una ruta por el monte e ir a un refugio, donde comeríamos, cenaríamos, dormiríamos,... vida sana.
Pues bien, el plan llamó la atención desde el primer momento y se llevó a cabo. Claro, lo que no sabíamos es lo que nos esperaba: desnivel del 15% y subiendo, 27º a la sombra, mouxos, coruxas, sapos e bruxas...
También tengo que decir que la ruta era de hora y media, no somos héroes. Pero tuvimos nuestra recompensa al llegar. El refugio estaba en perfectas condiciones, leña a espuertas, buen paisaje, buenos petas. Lo único, no divisábamos la fuente.
Allí había un lugareño. Viejete el hombre, con dos nietos y otra chiquilla. Nos hizo unas brasas para comer en un minuto, sin exagerar. Y nos explicó cómo llegar hasta el agua:
-Oiga, ¿no sabrá dónde hay agua, verdad?
-Sí hombre; cruzas el collado, subes por la cañada, blincas la montaña y en el único acebo que te encuentras, allí está el agua.
-Y eso que son, ¿más o menos veinte minutos?
-En veinte minutos yo subo, bajo y todavía me sobra tiempo.
(risas)
-Vale, muchas gracias por todo.
-De nada chicos, hasta luego.
-Adiós.
Valiente hijo de puta. Alrededor de un millar de acebos en la cañada, ninguno que destacase. Hora y media para coger agua; un agua bruceloso. Con sabor a cabra y tierra entre los dientes.
